domingo, 27 de enero de 2013
miércoles, 23 de enero de 2013
sábado, 19 de enero de 2013
viernes, 18 de enero de 2013
jueves, 17 de enero de 2013
lunes, 14 de enero de 2013
Las últimas huellas
El cielo, la roca, el aire, han formado una membrana áspera que absorbe
la sangre. La vida queda en los valles, donde la lluvia, el viento y el sol son siempre capaces de derretir la nieve. Permanecen durante un breve periodo de tiempo los ojos secos y fijos, mientras el cuerpo cambia y vibra con fuertes patas
de insecto agitadas por el viento. Las últimas huellas sujetan la ascensión a
la cumbre arrancado grandes pedazos de piedra cuyas oquedades permanecerán allí durante siglos. El descenso del nuevo
animal será ligero, veloz y aún más silencioso. Confundido, hambriento, torpe aún
en el uso de sus miembros mirará ferozmente la tierra, y, antes de empezar a buscar aquello que pueda servirle de alimento,
sus nuevos ojos se hundirán en un infinito de pequeñas cosas a las que poder
amar.
domingo, 13 de enero de 2013
La dinamita o la muerte
9 rostros asesinados
Cuando un recluso empezaba a dejar de preguntarse por qué había sobrevivido, para los guardianes suponía que había dejado de ser una víctima y que su vida se había convertido en alguna clase de explosivo. No podían soportar la mirada directa de aquellos rostros, asi que ante la brutalidad y fiereza de aquella ausencia absoluta de esperanza y vida, su función de custodios se pervirtió hacia la búsqueda de todo tipo de técnicas de tortura que pudieran destruirlos. Ya no obedecían órdenes ni servían a una causa mayor que justificase la barbarie de los campos. Bajo su apariencia fría e insensible todos los órganos de su cuerpo se habían disuelto en una sola víscera cuya única finalidad era vencer el miedo a la vida. Sin embargo, no importó lo sofisticada o salvaje que fuera la tortura empleada, no importó nada si la carne era arrancada o quemada, si se destruían los órganos, o se amputaban los miembros. También fueron en vano los intentos de destruir las mentes de quienes sobrevivían sin respiración en la desolación total. Al final, siempre permanecían aquellos rostros incólumes a cuyas cicatrices la vida se aferraba. Ni la muerte ni el olvido pudo destruirlos; y aún hoy permanecen allí, en silencio, sobre la nieve, aferrados sin manos ni brazos al óxido de las viejas alambradas de espino.
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